sábado, 22 de octubre de 2011

Producción de Marihuana y Heroína a la Alza

El Washington Post publica un artículo describiendo una de las consecuencias del cambio de enfoque de la lucha anti-narco. Al desplazar a las tropas militares mexicanas del campo -donde se encargaban de localizar y destruir plantaciones de cannabis y de semillas de opio- a las ciudades -donde sostienen feroces combates contra los narcotraficantes- el tipo de resultados obtenidos también ha variado.

Por un lado, se ha reforzado la batalla frontal contra las organizaciones criminales, causando un alza en la violencia en los centros urbanos, y de vez en cuando presumiendo de la captura o asesinato de un miembro de alto rango de alguna u otra organización criminal. La contraparte es que, al dedicar menos capital humano a la erradicación y destrucción de plantaciones, los agricultores tienen mayor libertad de producir la materia prima de los productos narcóticos en sus sembradíos.

Desde que Felipe Calderón mandó a sus tropas a las calles a finales de 2006, el área dedicada a sembrar marihuana casi se ha duplicado en México, según reportes técnicos del gobierno de EU y de la ONU, según datos del ejército mexicano, y según entrevistas con autoridades y productores. 
El área dedicada a las semillas de opio también se ha incrementado, según el Departamento de Estado de EU, convirtiendo a México en el segundo más grande productor de heroína en el mundo, después de Afganistán.

¿Hasta dónde hay que llegar para que las autoridades se den cuenta de que la situación actual es insostenible y la batalla anti-narco es una batalla imposible de ganar? Por un lado, la violencia sólo genera más violencia. Sí, se han atestado varios golpes 'importantes' al narco, pero resultan ser meramente simbólicos y sus efectos completamente transitorios. La noción de que el tráfico de drogas ilegales se eliminará por completo si logramos eliminar a las organizaciones criminales más grandes siempre ha sido una falacia. Se ha dicho mil veces ya y se seguirá diciendo hasta que el mensaje se entienda y asimile: mientras exista demanda existirá oferta.

También se ha querido culpar a los productores mismos. ¿Qué decisión se puede esperar que tome un campesino con una familia que alimentar y con una pequeña parcela en la que sólo puede cultivar una cosa a la vez? Obviamente, decidirá cultivar el producto que más ganancia le reditúe. Cuestiones de ética y de moralidad no tienen mucho peso cuando se tiene hambre.

Bajo circunstancias extraordinarias, y eso es precisamente lo que se vive en México hoy en día, la única opción racional es la del pragmatismo. Sí, el respeto a la ley y la vida bajo un marco legal son importantes. Sí, el estado debe ser la autoridad final en México. Pero también es responsabilidad del estado reconocer cuando está operando bajo un paradigma que no tiene relación alguna con la realidad. Sólo cuando eso suceda podrán los gobiernos tanto de México como de EU dejar el camino de la terquedad y del orgullo infundado.

Resulta fácil, hoy y siempre, para EU criticar todo lo que considera va en contra de su voluntad. ¿Los campesinos eligen sembrar marihuana y opio? Es deber del gobierno mexicano destruir esas cosechas o subsidiar a los campesinos para que no siembren cosechas ilegales. ¿No hay suficientes soldados para destruir sembradíos y cazar narcos en las ciudades? Es deber del gobierno mexicano gastar más dinero en el hoyo negro que es la lucha anti-narco.

¿Pero dónde está la responsabilidad propia? La razón por la que le resulta tan difícil a EU asumir su responsabilidad en este fiasco colosal, así como la responsabilidad por su ciudadanía adicta a los narcóticos, es la misma en que siempre ha recaído cuando necesita justificar acciones absurdas: un falso sentido de superioridad moral nacido de su descaminada noción de excepcionalidad.

Mientras eso no cambie, la lucha continuará y los resultados seguirán siendo los mismos. Mientras tanto, las organizaciones criminales y los productores seguirán operando como mejor puedan.

'Aquí en Badiraguato (Sinaloa) sembramos de todo,' dice Juan Martinez, de 60 años, sentado bajo un árbol al lado de la catedral, con su gorra de camionero. Escupe en el suelo. 'Y al que no le guste se puede ir a la fregada.'

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